Junio 2013

CLARA DIAZ Y ÁNGELES PEÑA
Huye con Velocidad y Desaparece

 

Un cazador disparó cierta noche sobre una loba, falló, pero le cortó una pata. Ella huyó saltando. El cazador se dirigió al castillo vecino para pedir hospitalidad al noble que lo habitaba. Éste, al verlo, le preguntó si había tenido buena caza. Para responderle, el cazador sacó de su bolso la pata que acababa de cortarle a la loba; pero se llevó una gran sorpresa cuando en su lugar, encontró una mano con un anillo. El noble reconoció enseguida la mano de su mujer. Fue a buscarla inmediatamente y la encontró herida y escondiendo su antebrazo. Éste no tenía mano; cuando le unieron la que había traído el cazador, la dama tuvo que confesar que había sido ella, bajo la forma de loba, la que había atacado al cazador y que se había salvado dejando una pata en el campo de batalla. 
Historia del siglo XVII
Estas cerámicas pueden ser todas las cosas que estaban mientras en otro lugar, ardía una hoguera. Como testigos del misterio y la pasión, observan quietas, en silencio, dispersas. Hay un pájaro sin bandada, uvas dulces, una cabellera, fuegos que no necesitan ser una fogata para mostrar que queman. No hay un ser humano, pero se intuye. Tal vez, ésta es su colección de ofrendas, cosas que dicen: ahí estuve, esto vi, esto pequeño y silencioso, es la profundidad del mundo.
Es una muestra pagana; porque cree en los dioses, pero piensa que están en la naturaleza, en las piedras, en los pájaros, en el aliento agitado de una chica. Las flores ya no son ingenuas y no hay nada más oscuro que un bosque. ‘Dios murió’ cuando perdió oscuridad, o se acercó a una oscuridad más humana, fétida y corrupta; cuando perdió magia, cuando le entregó al diablo las cosas más hermosas.El misterio es algo doméstico, éstas cerámicas son la prueba.

Agustina Muñoz

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Nieve
Fotografías de Angeles Peña

Algunas personas tienen la extraña capacidad de poder oler la nieve. La única a la que conozco y a la que le pude preguntar sobre el fenómeno me dijo que no puede oler nada más, no distingue las flores ni el olor de las panaderías a la madrugada, no sabe si las medias están sucias o limpias. Pero la nieve, sobretodo la nieve formándose en el cielo segundos antes de empezar a caer, la detecta enseguida. Dice que es como una sensación afilada y crujiente en la nariz. Y nunca falla, siempre que la siente empieza a nevar. Lo que me hace dudar sobre el orden de causa y consecuencia del fenómeno y preguntarme si en lugar de particularidad olfativas esta persona no tendrá superpoderes meteorológicos.

En las fotos de Ángeles Peña se puede oler este presagio de nieve: crujiente, afilado. Como las esquinas de las piedras que habitan la montaña. Afilado, brillante, frío. Y un vacío de gente que hace que den ganas y miedo de gritar: ganas de encontrar a alguien y miedo de la avalancha que le sigue al grito. Es un olor que languidece en el fondo del papel blanco, tan suave como la hoja de un libro viejo que opaca los colores y suaviza las texturas de árboles, lagos congelados y montañas lejanas. Pero sobretodo de la nieve, personaje principal de esta serie de fotos. Que Ángeles haya elegido este papel, casi trasparente y opaco, para imprimir las fotos sigue con la corriente del título de la muestra “Huye con velocidad y desaparece”: huye y desaparece la nieve en la copa de los árboles y la cima de las montañas, llevándose con ella el paisaje que hace dos minutos era blanco y de repente es piedras, ramas, tierra mojada. Y también huyen las fotos que del paisaje pasan al rollo de la cámara que ella abre, arriba de la montaña, para exponer a la luz y que el sol se lleve el pedazo de imagen que elija. Me dice Ángeles que los paisajes que compone la nieve sobre la montaña son casi efímeros, como las dunas de un desierto, me imagino, que se vuelan y acumulan para desesperación de los perdidos. Y que ella camina, con su cámara, sus lentes y tabla de snowboard enterrando los pies en la nieve hasta que los encuentra, momentáneos y hermosos, para congelarlos en su cámara a cambio de congelarse los pies. Algunos los ve desde la ventanilla de un auto: de lejos de una manera y de cerca de otra; otros los encuentra abajo suyo donde en algún momento hubo un lago. 
Así avanza Ángeles, cargada de bártulos, alejándose de su grupo de amigos para entrar a una montaña que en su desaparecer amenaza con enterrar a los descuidados, a la caza de estos paisajes. Así nos trae estas fotos que, como la carretera que se descubre de repente rodeada de nieve, languidecen sobre un fondo blanco casi efímero del papel.

Mercedes Villalba